LA SOMBRA DE LOS HIJOS

Martha Nava

LA SOMBRA DE LOS HIJOS

Imagogenia por Martha Nava


 



Una persona puede no ser responsable de las decisiones de otra y, aún así, terminar pagando parte del costo reputacional de sus acciones. Esto ocurre con mayor intensidad cuando existe una relación política, familiar o simbólica suficientemente fuerte para que la ciudadanía perciba a todos los involucrados como parte de un mismo sistema, tal y como pasó con “La Gaviota”, la casa blanca y el expresidente, Enrique Peña o como está pasando con el expresidente AMLO, sus hijos, Morena y la presidenta Claudia Sheinbaum.


Y es que hoy, uno de los mayores desafíos de imagen que enfrenta la titular del Ejecutivo es cómo aborda las controversias que rodean a los hijos de Andrés Manuel López Obrador y cómo éstas afectarán a su administración y al partido. Por ejemplo, la reunión privada de Andrés Manuel “Andy” López Beltrán y Gonzalo López Beltrán con empresarios de alto perfil en un restaurante de la colonia Condesa, donde se especuló sobre el cierre del restaurante para el grupo, el despliegue de vehículos blindados y escoltas, así como referencias al consumo de vino con precios que supuestamente llegaron a los 24 mil pesos, ponen sobre la mesa una discusión que para Morena resulta incómoda: la incongruencia entre la austeridad que predicaba AMLO —como creador del partido— frente a la opulencia en la que viven sus hijos, pues evidencia esa distancia entre el discurso y la acción, que está afectando la percepción integral del partido en el poder.


Ahora, ¿el problema es que un grupo de personas se haya reunido a cenar? Desde luego que no. El problema de imagen está en lo que esa cena representa y cómo se llevó a cabo. ¿Por qué? Bueno, durante años, el movimiento encabezado por López Obrador construyó una narrativa política basada en la austeridad republicana, el rechazo a los privilegios y la distancia frente a las élites económicas. La frase “pobreza franciscana”, una de las frases más emblemáticas de AMLO, se convirtió incluso en una referencia para describir el estilo de vida que, desde el discurso, debía caracterizar a quienes ejercieran el poder bajo la Cuarta Transformación. Por eso, cuando se difunden eventos que parecen contradecir esa esencia, la ciudadanía tiende a compararlos con la promesa política. Y en imagen pública, la comparación es devastadora cuando produce incongruencia.


Sin duda, esto, por simple asociación, afecta a Claudia Sheinbaum porque heredó una marca política que tiene nombre, historia, símbolos y una figura central: Andrés Manuel López Obrador; y, por eso, las acciones de los hijos de este —como extensiones de su imagen— afectan a los integrantes del partido y a la misma presidenta.


El desafío de la presidenta ha consistido desde el inicio de su administración en mantener la identidad de la Cuarta Transformación y, al mismo tiempo, construir una imagen propia. Pero, mientras Sheinbaum intenta demostrar que la transformación “continúa”, los escándalos alrededor de López Obrador pueden obligarla a responder por una reputación que ella no construyó y que, sin embargo, políticamente la sostiene. Por eso, el mayor reto para ella será evitar que la ciudadanía interprete la cercanía política como una forma de tolerancia hacia conductas que contradicen los valores que Morena ha utilizado para legitimarse. Algo que, hasta el momento, parece que ha logrado, pues todavía conserva una aprobación elevada de 69% (Enkoll para EL PAÍS y W Radio), aunque registra una disminución de 10 puntos respecto al año anterior. Esto es importante porque demuestra que los escándalos no necesariamente provocan un desplome inmediato en la reputación.


Al final, responder a las críticas calificándolas automáticamente como campañas de desprestigio puede ser una estrategia política de corto plazo, pero insuficiente desde la perspectiva de reputación. Porque si algo puede terminar afectando a Sheinbaum, no será aquello que hagan los hijos de AMLO, sino la percepción de que su gobierno no fue capaz de diferenciarse de aquello que cuestionó cuando estaban del otro lado. Morena todavía tiene tiempo para evitar que estas controversias se conviertan en una crisis mayor y Sheinbaum también. Vamos, la popularidad actual demuestra que existe un capital político importante, pero ese capital no es infinito y, mucho menos, automático. Esa es, quizá, la verdadera sombra que hoy alcanza a Claudia Sheinbaum: no la responsabilidad por los actos de los hijos de López Obrador, sino el riesgo de que la percepción pública termine asociando a su gobierno con una incongruencia que ella no provocó, pero que sí tendrá que decidir cómo enfrentar.