Imagogenia de Martha Nava
¿Quién aquí no se ha visto inmerso en un ciclo de pérdida de tiempo por estar viendo videos en redes sociales? Videos que, además, no son de valor o importantes para el día a día —vamos, contenido basura—. Personalmente me declaro víctima, porque puedo pasar dos horas viendo videos y, honestamente, no recuerdo ni la mitad de los que vi en el día. Bueno, pues este bucle digital en el que a veces nos vemos inmersos por el diseño de las redes sociales, que te ofrecen videos en secuencia infinita, está pasando factura no sólo a nuestra salud mental, sino ahora también a las redes que facilitan esta adictiva dinámica.
Meta y YouTube están en problemas, y serios. ¿Por qué? Pues un jurado de Los Ángeles declaró el miércoles que ambos gigantes tecnológicos son responsables de perjudicar la salud mental de una joven por el diseño “adictivo” de sus plataformas; esto deja un precedente para otras demandas en diferentes cortes de Estados Unidos. Y es que, independientemente del pago millonario que tendrán que hacer, esta resolución tiene un impacto importantísimo en la imagen pública de dichas plataformas digitales. Independientemente de que éstas busquen ser percibidas como herramientas de venta, innovadoras o de conexión emocional a distancia, esa imagen de "innovadores sociales" se ve desplazada por la de "mercaderes de dopamina" con productos digitales que son potencialmente dañinos para la salud mental de todos.
Y es que, gracias a este juicio, salieron a la luz documentos internos que prueban que los ejecutivos conocían los efectos nocivos en menores y, aun así, priorizaron el engagement sobre la seguridad; por ende, la confianza —pilar fundamental de cualquier marca— se desploma. Ya no hablamos de plataformas que fallan en moderar contenido, sino de sistemas diseñados con negligencia para generar dependencia mediante el scroll infinito y recomendaciones algorítmicas que actúan como un "golpe químico" en cerebros aún en desarrollo. En esencia, la demanda se enfoca en el impacto que las redes sociales tienen en niños y adolescentes; y sí, hablamos de TikTok y Snapchat —que llegaron a un acuerdo previo— y las plataformas de Meta y Google —específicamente YouTube—.
Este veredicto sienta un precedente histórico sobre la responsabilidad en la "autoimagen". La dismorfia corporal y la ansiedad diagnosticadas a la demandante no son un tema aislado, sino el resultado de una exposición constante a estándares irreales y filtros que distorsionan la percepción del yo. Para Meta y YouTube, el costo reputacional es altísimo, porque pasan de ser percibidos como el motor de la economía digital a ser comparados con la industria tabacalera de los años noventa. El concepto de "Big Tobacco moment" para la tecnología no es una exageración; sugiere que, al igual que el cigarro, las redes sociales son un arma de dos filos que, bajo una apariencia de estilo de vida o utilidad, esconden una arquitectura adictiva que consume la salud mental de sus usuarios más vulnerables.
Ahora, si bien la imagen pública de Zuckerberg y los líderes de Google enfrenta el desafío de demostrar si son capaces de evolucionar hacia un modelo ético o si seguirán escudándose en tecnicismos legales mientras su capital social se erosiona, también pone en evidencia la responsabilidad social que existe en el uso indiscriminado de estas plataformas. Por ejemplo, en Instagram los menores de 13 años tienen prohibido acceder a la red; sin embargo, muchos mienten sobre su edad o, en su defecto, los padres permiten el acceso a las redes a niños menores de la edad estipulada por la plataforma. Esto también deja al descubierto la responsabilidad que tenemos todos en el empleo indiscriminado de este tipo de herramientas.
Al final, este fallo es el primer paso para obligar a los gigantes tecnológicos a entender que su libertad para innovar termina donde empieza la integridad psíquica de quienes están del otro lado de la pantalla, aunque también esta es una responsabilidad compartida: de las empresas dueñas de las redes sociales y de la sociedad. Ahora, lo verdaderamente interesante es que este caso no cierra una discusión; la abre. Y en ese nuevo escenario, la imagen pública de las grandes tecnológicas dependerá menos de lo que prometen y más de lo que están dispuestas a cambiar, porque en este momento la confianza, un activo fundamental de su imagen, está en tela de juicio.