Perspectivas de Cynthia Valeriano
No se trató de una visita convencional, fue a todas luces una operación estratégica de contención, reposicionamiento tecnológico y administración del conflicto taiwanés entre las dos mayores potencias económicas del planeta: Estados Unidos y China.
El mundo tenderá a la fragmentación en bloques más o menos robustos, dependiendo de los acuerdos entre las hegemonías mundiales, el hecho de que Trump viajara a Pekín (y no Xi Jinping a Washington) es, por sí mismo, un mensaje geopolítico de enorme profundidad.
La agenda oficial incluyó comercio, minerales estratégicos, inteligencia artificial, Taiwán, energía, exportaciones agrícolas, semiconductores y la guerra en Irán. Pero detrás de esos temas existe una realidad más compleja: Estados Unidos y China ya no discuten únicamente comercio. Discuten quién controlará la infraestructura económica, tecnológica y militar del siglo XXI.
La visita ocurre en un momento particularmente delicado. La economía china enfrenta desaceleración estructural, crisis inmobiliaria y debilidad del consumo interno. Estados Unidos, por su parte, enfrenta inflación persistente, presión sobre cadenas de suministro, incertidumbre energética derivada del conflicto contra Irán y una creciente dependencia de minerales críticos controlados por China. El contexto obliga a ambos países a negociar, incluso mientras se disputan la economía global.
La primera pregunta que debe surgir de este evento es ¿Por qué Trump fue a China y no Xi a Estados Unidos?, la respuesta es que Pekín tiene mayor capacidad de negociación estructural, China controla una parte sustantiva del procesamiento global de tierras raras (más del 60% del abasto mundial), componentes fundamentales para la industria militar, vehículos eléctricos, telecomunicaciones y sistemas de inteligencia artificial, por otro lado, Washington necesita estabilidad comercial para evitar nuevas presiones inflacionarias y sostener el crecimiento estadounidense en un año políticamente sensible, es decir, necesita reactivar el intercambio comercial pero sin poner en riesgo el objetivo de vender un mayor volumen de lo que necesita comprar.
Xi Jinping entiende la fortaleza de su posición, Trump llegó a Pekín buscando acuerdos, acceso, estabilidad y resultados económicos visibles, China considerado hoy por hoy, el epicentro manufacturero y mineral del mundo, se dedicó a escuchar y a encontrar las ventajas para su regreso al mercado norteamericano.
En términos diplomáticos, la escena nos recuerda aquella reunión histórica entre Churchill, Roosvelt y Joseph Stalin en la ciudad de Yalta, Crimea en 1945, al término de la segunda guerra mundial en la que las 3 grandes potencias se sentaron a discutir y acordar como ponerle fin a la guerra y planear la reorganización económica de Europa, en una sesión repleta de gestos de cortesía en un entorno de elevadas tensiones sobre el control militar y económico futuro. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar y financiera, pero China se comporta cada vez más como el nodo indispensable de las cadenas industriales globales.
Aunque el comercio ocupó titulares a nivel internacional, el tema decisivo fue Taiwán, esa pequeña isla cuya integración formal a China es reclamada desde principios de la década de los cincuenta del siglo pasado, produce en la actualidad el 90% de los semiconductores más avanzados del mundo, lo que la convierte en una pieza clave en la industria tecnológica global, por lo que, quien controle Taiwan, tiene el poder de controlar la velocidad del avance tecnológico mundial.
Xi Jinping fue extraordinariamente claro: cualquier “mal manejo” del tema taiwanés puede conducir a un conflicto directo entre ambas potencias, China busca la reunificación del territorio como un objetivo histórico irreductible. Estados Unidos busca mantener el statu quo: impedir una anexión china sin entrar directamente en una guerra. Claramente ambos objetivos son incompatibles, pero por lo pronto, Washington intentará evitar una escalada inmediata del conflicto, mientras reorganiza sus capacidades industriales y tecnológicas, una confrontación sin calculo con China, aunado a los efectos del conflicto en Medio Oriente, tendría efectos devastadores sobre mercados financieros, inflación global y cadenas de suministro.
La Inteligencia Artificial fue el otro aspecto estratégico de la agenda bilateral. Washington sabe que necesita limitar el acceso chino a chips avanzados, sistemas de cómputo de alto rendimiento y tecnologías críticas para entrenamiento de modelos de IA, China por su parte trata de evadir el “bloqueo tecnológico” que frene su ascenso industrial, ese que puede ayudarle a multiplicar su poder económico y también militar.
Hablar del control en el avance de la IA, no solo es pensar en el crecimiento exponencial de la productividad industrial para el mundo, implica controlar el sistema financiero más allá de las agendas y los acuerdos internacionales, es hablar de ciberseguridad, de vigilancia social, de control y procesamiento de datos y de capacidades militares autónomas.
En conclusión, la llegada del Presidente Trump a China, rodeado de altos ejecutivos de corporaciones tecnológicas refleja la dimensión económica de la visita, asistió con 5 objetivos concretos: Sin renunciar a la tregua comercial entre ambas naciones, garantizar el acceso a minerales críticos por parte de empresas de tecnología, impulsar las exportaciones estadounidenses de productos agropecuarios, energía y aeronáutica, evitar que el conflicto y las presiones sobre Taiwan escalen y abrir una agenda bilateral sobre IA y ciberseguridad.
China acepto sentarse en la mesa para frenar nuevas restricciones estadounidenses a sus tecnologías, evitar aislamiento económico a partir de las presiones geopolíticas de Estados Unidos contra diversos países de ingresos medios, mantener acceso al mercado estadounidense, el más importante del mundo por tamaño e ingreso per cápita y evitar las pretensiones norteamericanas de proteger militarmente a Taiwan.
Pero para ambos países, el objetivo principal fue ganar tiempo, tiempo para reorganizar fuerzas, afianzar alianzas, fortalecer la concentración de los mercados y avanzar en la conquista de la economía global. Adicionalmente a lo anterior, Xi sabe que la gestión de Trump se acabará en el 2029, por lo que sabe que el nombre del juego se llama paciencia, por lo que, se ve obligado temporalmente a administrar el riesgo.
Washington y Pekín entendieron que todavía no están listos para romper completamente, porque el costo económico global sería inmanejable. Pero ambos también saben que la competencia estratégica ya entró en una fase irreversible en donde solo aquel que logre controlar la cadena de suministros, controlará el destino del mundo entero, bienvenidos a la Guerra Fria 2.0.