Imagogenia
Nicolás Maduro y su detención son el tema del que todo el mundo habla hoy en día. Y bueno, más allá de si esto tiene implicaciones geopolíticas importantes, si se trata de petróleo, drogas u oro, hay elementos interesantísimos de imagen pública que, especialmente cuando hablamos de personajes tan polémicos, son dignos de análisis y mención. Y es que algo que debemos cuestionarnos es: ¿por qué vimos a Maduro sonriendo y saludando como si nada hubiera pasado, después de ser detenido?
Recordemos que la sonrisa es un arma sumamente poderosa en el contexto del lenguaje no verbal. Por eso, la sonrisa que mostró tras su detención, los saludos amables, los pulgares arriba y las frases aparentemente fuera de lugar —como desear “Buenas noches” o “Feliz Año”— no responden a cortesía ni a tranquilidad emocional; se trata de gestión de la impresión, término conceptualizado en 1959 por Erving Goffman, sociólogo y escritor considerado el padre de la microsociología. Él explicó que las personas buscan controlar la información sobre sí mismas a fin de influir en cómo son percibidas. Es decir, las personas ven su mundo como un escenario. En el caso de Maduro, el mundo es ese escenario y, por ende, cada gesto, ademán o palabra forma parte de una actuación estratégica para presentar una imagen determinada, específicamente sobre la situación en la que ahora se encuentra.
Ahora bien, los gestos de Maduro funcionan también como control simbólico. ¿Por qué? Cuando alguien no puede controlar el entorno físico y la narrativa, controla el significado del momento. Normalmente interpretaríamos una sonrisa como un elemento clave de empatía y amabilidad; sin embargo, en este caso, la sonrisa, la postura erguida y el saludo verbalizado son intentos de apropiarse de la narrativa, de darle un significado distinto a la escena, con el fin de que no sea vista como una de derrota, sino como una de resistencia. La sonrisa, en este contexto, comunica desafío y reinterpreta la realidad, tanto para él como para su audiencia.
Aquí debemos entender que la sonrisa es clave en este acontecimiento porque tiene un impacto interesantísimo en el cerebro del perceptor, pues genera un estado de bienestar, activa las neuronas espejo, propiciando empatía y conexión social, y pone en duda la percepción negativa que podamos tener de él. A su vez, sonreír cuando se espera una respuesta de miedo o preocupación es un acto de desafío simbólico; es comunicar “no me quebraron” sin pronunciar una sola palabra.
En todo esto, Maduro cuenta con que las imágenes de él con los pulgares arriba y sonriendo tengan un impacto mayor y más duradero que lo que se dice de él. Y es que, en esto, la ciencia y la biología lo respaldan. Estudios realizados por el MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) han demostrado que el cerebro procesa y comprende una imagen en sólo 13 milisegundos, mientras que el procesamiento del lenguaje es mucho más lento. Según un estudio de la Universidad de Nueva York (NYU), el cerebro tarda alrededor de 150 milisegundos sólo en captar la estructura básica de una frase corta. Además, casi el 90 % de la información que llega a nuestro cerebro es visual, y la procesamos de forma integral a diferencia de las palabras que las captamos de forma lineal -palabra por palabra-.
Al final, lo que queda claro es que la imagen no verbal no acompaña al mensaje: es el mensaje. Por eso, cuando vemos a un líder sonriendo en un momento en el que debería colapsar, no estamos frente a serenidad ni educación; estamos frente a una forma sofisticada de manipulación, una maniobra de influencia cuyo objetivo es permanecer en la memoria colectiva, incluso en sentido positivo, aun cuando todo indica que el poder material ya ha sido arrebatado.