Perspectivas por Cynthia Valeriano
El próximo 3 de noviembre, millones de estadounidenses acudirán a las urnas para renovar el Congreso y elegir autoridades estatales en 35 estados y aunque Trump no aparecerá en la boleta, el resultado si determinará qué tan amplio será su margen legislativo durante la segunda mitad de su administración.
A diferencia de México, donde las elecciones presidenciales se celebran cada seis años, Estados Unidos elige presidente cada cuatro años y renueva su Congreso federal cada dos. Esto significa que a mitad de cada mandato presidencial los ciudadanos pueden modificar la composición del Poder Legislativo, sin necesidad de cambiar al titular del Ejecutivo.
El Congreso estadounidense está integrado por dos cámaras. La primera es la Cámara de Representantes, cuyos 435 integrantes representan distritos electorales y ejercen funciones durante dos años. La segunda es el Senado, compuesto por 100 legisladores, dos por cada estado, con mandatos de seis años renovados de manera escalonada, por lo que, para este proceso, se renovarán 33 senadurías ordinarias y 2 senadurías especiales a causa de renuncia de sus titulares, aunado a lo anterior, se renovarán miles de cargos legislativos estatales y 36 gubernaturas estatales.
Las elecciones comienzan con procesos de nominación por partido en donde deben ganar elecciones internas, a este proceso se le denomina “elecciones primarias”. Posteriormente, los electores votan en sus respectivos estados y distritos por lo que, no existe una elección nacional única para decidir qué partido controla el Congreso, el resultado es la suma de cientos de contiendas individuales.
En términos generales, gana el candidato que obtiene más votos en su distrito o estado, aunque ciertas entidades establecen procedimientos particulares, como segundas vueltas o sistemas de voto preferencial y a diferencia de México, no existe una única autoridad electoral como el INE, las elecciones son administradas principalmente por autoridades estatales y locales.
El partido que obtiene al menos 218 de los 435 escaños de la Cámara de Representantes consigue la mayoría, suponiendo que todos los escaños están ocupados. En el Senado, la mayoría depende de la distribución de los 100 asientos y, en situaciones de empate, del voto decisivo del vicepresidente.
¿Por qué es importante la mayoría legislativa?, porque igual que el congreso mexicano, el estadounidense aprueba leyes, interviene en la asignación de recursos públicos, ejerce funciones de fiscalización y puede limitar o facilitar las prioridades legislativas del presidente. El Senado, además, desempeña un papel central en la confirmación de altos funcionarios y jueces federales.
En consecuencia, si el partido del presidente controla ambas cámaras, tiene mayores posibilidades de avanzar en su agenda legislativa, pero si la oposición obtiene una o ambas mayorías, aumenta su capacidad para negociar, bloquear determinadas iniciativas, promover investigaciones y ejercer contrapesos, que en estos dos años del segundo mandato de Trump vaya que han hecho falta.
En estos momentos, los congresistas del partido Republicano, el partido que nominó y respaldó a Trump, controlan ambas cámaras, aunque con mayorías estrechas, razón por la cual se paralizaron las investigaciones en contra del presidente Trump y miembros de su familia, el congreso no ha podido impedir la intervención militar de Estados Unidos en regiones del mundo como Irán o poco han podido hacer para impedir que Estados Unidos siga suministrando recursos y apoyo material a Israel. Por ello, los resultados determinarán si el gobierno de Trump conserva ese respaldo legislativo o si deberá desenvolverse en un escenario altamente adverso, en un momento donde la discusión social y el foro está altamente polarizado.
Ahora bien, históricamente, el partido del presidente suele enfrentar dificultades en las elecciones intermedias, la razón la encontramos en el desgaste natural del primer periodo, ya que el proceso permite canalizar el descontento acumulado entre los electores preocupados por el desempeño económico, político o social del mandatario.
En este proceso electoral, es justo la economía la que esta favoreciendo las intenciones de voto hacia el partido demócrata, la pregunta que el elector estadounidense se hace en estos momentos es si el ingreso que obtiene por su trabajo le alcanza para pagar vivienda, alimentos, transporte, salud y servicios, y es que, una economía puede registrar crecimiento del producto interno bruto, inversión empresarial o creación de empleos y, simultáneamente, experimentar una percepción de deterioro en el bienestar si los precios aumentan más rápido que la capacidad adquisitiva de los hogares. Estados Unidos justo se enfrenta a esa paradoja, de acuerdo con los últimos datos publicados por la agencia del departamento de Trabajo, existe una perdida de 0.7% del poder de compra de los estadounidenses tan solo en lo que va del 2026.
En economía política, esta diferencia entre el desempeño de la macroeconomía y el bienestar percibido por los individuos y familias, ayuda a explicar el fenómeno del voto económico: la tendencia de los ciudadanos a incorporar su evaluación de las condiciones materiales al momento de decidir su voto. De acuerdo con la encuesta de Reuters/Ipsos presentada el 26 de octubre, el nivel de aprobación presidencial se ubica en el 32% de los encuestados y 47% expresó preferencia por candidatos demócratas al Congreso, frente a 36% por los republicanos. La misma investigación encontró que 73% de los participantes consideraba que el costo de vida avanzaba en una dirección equivocada por lo que, en lugar de percibir una mejora en sus condiciones, evaluaban de forma mucho más sensible el aumento en el costo de la vida.
Ahora bien, para México, las elecciones estadounidenses no constituyen únicamente un acontecimiento de política exterior. El resultado tendría impactos en materia comercial en primera instancia, ya que si existe un cambio en la composición del Congreso, este puede modificar la intensidad de la supervisión legislativa, las exigencias políticas y los incentivos para negociar acuerdos en materia de comercio, industria, energía y seguridad fronteriza.
Otro efecto esperado viene por el lado de la migración, las decisiones en materia de control fronterizo, deportaciones, contratación de trabajadores y cooperación bilateral tienen repercusiones directas sobre las familias mexicanas, los mercados laborales, las remesas y las finanzas públicas de las comunidades receptoras, en ese sentido, un congreso con mayoría demócrata puede influir mediante legislación, presupuesto y supervisión, aunque la administración federal conserva importantes facultades para ejecutar la política migratoria.
Finalmente, debe considerarse la seguridad regional, la forma en la que se coordinan los países para combatir el tráfico de drogas y armas, la delincuencia organizada y el control fronterizo en donde encontramos diferencias narrativas sustanciales por lo que, dependiendo de la composición del nuevo Congreso, pueden cambiar los mecanismos de fiscalización, las prioridades presupuestarias y los términos del diálogo institucional con México.
A manera de conclusión, podemos decir que en este proceso electoral no se resolverán automáticamente las controversias comerciales o las disputas internacionales que sostiene Estados Unidos con el mundo entero en estos momentos, pero si se disputará una parte esencial del equilibrio de poder que condicionará esas decisiones durante los siguientes dos años, y para una economía tan vinculada a Estados Unidos como la mexicana, entender ese equilibrio no es únicamente un ejercicio de análisis político, es una parte crucial del proceso de planeación económica.
Porque cuando Estados Unidos modifica su equilibrio de poder, México no necesariamente cambia de rumbo, pero sí puede verse obligado a recalcular las condiciones bajo las cuales construye su futuro.