Lumbreras por Perícles De Buen Hierro
Se cumple una semana del arranque de la Copa Mundial de la FIFA 2026 y, al menos desde el ámbito deportivo, todo ha sido una auténtica fiesta para los mexicanos.
La inauguración del Mundial, con el encuentro entre México y Sudáfrica, tuvo como escenario el histórico Estadio Azteca, recinto que sumó su tercer partido inaugural en una Copa del Mundo y que fue testigo de la primera victoria del Tricolor en esta justa mundialista. Aunque, sobre el papel, la selección mexicana no figura entre las favoritas para levantar el trofeo, ha conseguido algo que trasciende los pronósticos: unir a millones de personas bajo una misma ilusión e inundar calles y plazas de color, celebración y orgullo nacional.
Esta semana llegó el segundo compromiso mundialista, frente a Corea del Sur, selección a la que México derrotó por la mínima diferencia. El resultado provocó que miles de personas se congregaran en el Ángel de la Independencia, en la Ciudad de México, y en la Glorieta de La Minerva, en Guadalajara, para celebrar un triunfo que deja al combinado nacional muy cerca de asegurar su clasificación a la siguiente ronda. Lo anterior, a pesar de que, al menos de inicio la selección mexicana no lograba despertar esa sensación de buen funcionamiento como aquellas versiones que participaron en los mundiales de 1994, 1998 y 2006.
Tras los festejos, surge una pregunta inevitable: ¿qué tiene el fútbol que logra reunir a tanta gente para celebrar un resultado deportivo, mientras otros acontecimientos sociales difícilmente consiguen despertar el mismo nivel de participación?
México ha atravesado, y continúa atravesando, situaciones que tocan fibras profundamente sensibles. Sin embargo, pocas de ellas logran generar la cohesión social que sí provoca el fútbol.
La explicación no es sencilla, pero el fútbol es mucho más que un deporte. Es un fenómeno social capaz de concentrar emociones, símbolos, identidades y sentimientos de pertenencia. Durante noventa minutos, millones de personas experimentan al mismo tiempo la esperanza, la tensión, la alegría o la frustración. Esa experiencia compartida fortalece el sentido de comunidad y genera una conexión difícil de replicar en otros ámbitos.
Y no es que los mexicanos carezcamos de solidaridad. Basta recordar la respuesta ciudadana ante los terremotos de 1985 y 2017 para comprobar que, cuando las circunstancias lo exigen, la sociedad es capaz de organizarse, colaborar y ayudar sin esperar nada a cambio.
Sin embargo, hoy existen múltiples causas sociales que reclaman atención y empatía, pero que no logran convocar el mismo nivel de involucramiento colectivo. En los días previos al inicio del Mundial hubo manifestaciones de madres buscadoras, maestros, campesinos, transportistas y otros sectores que intentaron aprovechar la atención internacional para visibilizar sus demandas.
Cada uno de estos grupos tiene razones legítimas para hacerse escuchar. Más allá de las diferencias que puedan existir respecto de sus planteamientos, todos buscan colocar en la agenda pública problemáticas que consideran urgentes. Y aunque sus manifestaciones no alteraron el desarrollo de la inauguración ni de los eventos deportivos, sí dejaron una pregunta incómoda sobre nuestra capacidad de empatizar con causas ajenas.
Qué distinto sería el país si una parte de la energía colectiva que hoy moviliza el fútbol también se tradujera en participación ciudadana, interés por los asuntos públicos y respaldo a quienes enfrentan situaciones de vulnerabilidad. Qué distinto sería si la pasión que lleva a miles de personas a reunirse para celebrar un gol también impulsara una mayor exigencia social frente a los problemas que afectan la vida cotidiana de millones de mexicanos.
El Mundial nos está dejando, precisamente, una imagen de luz y sombra.
La luz es evidente: la alegría, el entusiasmo, la convivencia y la capacidad de una selección nacional para generar un sentimiento de unidad que pocas cosas consiguen. La sombra, en cambio, nos recuerda que detrás de la fiesta existen problemas que permanecen sin resolver y una creciente distancia entre las preocupaciones de la sociedad y la capacidad de respuesta de las instituciones.
Ojalá que la algarabía mundialista, más allá del resultado final que obtenga la selección mexicana, sirva también para recordarnos que somos capaces de actuar colectivamente. Que la misma emoción que hoy nos une frente a una pantalla o en una plaza pública pueda convertirse, en algún momento, en sensibilidad hacia las causas de otros, en participación cívica y en una exigencia más firme de resultados para quienes gobiernan, sobre todo cuando se vuelve evidente el incumplimiento a las promesas eternas realizadas en campañas y las carencias en ámbitos como salud, seguridad, educación y anticorrupción son por demás palpables; temas que volverán a ser noticia en las primeras planas una vez que acabe el torneo mundialista y volvamos a nuestra realidad.
Porque celebrar una victoria deportiva es natural. Pero construir un país más justo, seguro y solidario debería ser una causa capaz de convocarnos con la misma fuerza.