PERSPECTIVAS de Cynthia Valeriano
El primero de mayo entró en vigor un Acuerdo Comercial Interino (ITA) entre la Unión Europea y el Mercosur, ese conglomerado comercial regional que integra a países como Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay y al que han querido adherirse algunas otras economías del Sur del continente sin lograrlo aún.
El asunto es profundamente relevante para México, ya que la próxima semana los representantes de la Unión Europea vendrán a nuestro país con la finalidad de ratificar el acuerdo comercial con México. Y es que, los tiempos actuales están obligando a la orgullosa Europa a fortalecer su presencia en América y garantizar el suministro de recursos y diversificar su balanza comercial para romper la dependencia de Asia y Medio Oriente.
Europa no busca cualquier tipo de alianza comercial, necesita afianzar su acceso a las materias primas estratégicas no solo de energéticos, minerales críticos o manufactura intermedia, sino de alimentos. Mercosur por su parte, produce aproximadamente el 50% de la soya mundial, la que se necesita no solo para la alimentación humana sino principalmente para la alimentación del ganado, el 25% de la carne de res, el 15% de la producción de maíz, el 16% de la carne de ave y 20% del azúcar, por mencionar los productos mas relevantes, es decir, en el comercio mundial de alimentos la región sudamericana produce entre el 18 y el 20% del total.
Y si hablamos de energéticos, cerca del 30% del etanol mundial proviene de la región (principalmente de Brasil), el 25% de las reservas de litio del mundo se concentran en la región también, el 90% de las reservas mundiales del Niobio, un metal que se utiliza en la industria metal mecánica y en la producción de imanes superconductores para resonancia magnética, superaleaciones para motores de reacción y en tecnologías avanzadas de baterías de carga rápida, pero una balanza comercial concentrada en China, Estados Unidos y la Unión Europea y en ninguno de estos mercados, ha logrado un acuerdo de libre comercio.
Por otro lado, se encuentra la Unión Europea, con sus casi más de 440 millones de consumidores con los ingresos per cápita más altos del mundo, con industrias automotrices y aeroespaciales desarrolladas y competitivas, con una enorme capacidad para producir maquinaria y equipo y una industria farmacéutica con presencial y dominancia global, pero con un déficit constante de materias primas y recursos energéticos que le permitan competir en un ajedrez geopolítico donde China y Estados Unidos se disputan la hegemonía presente y futura.
No es la primera vez que se trata de construir un acuerdo comercial entre estas dos regiones del mundo. Por lo menos se ha intentado la integración en 3 ocasiones, a mediados de los noventa, a inicios del 2000 y en el 2019 antes de la pandemia, en las 3 ocasiones el acuerdo ha enfrentado fuertes resistencias de grupos económicos con fuerza política estratégica para impedir la liberación de sus mercados, desde ganaderos hasta agricultores que ejercen una presión política dominante en países como Francia, Irlanda o Austria por mencionar algunos.
Para que un acuerdo de libre comercio entre en vigor, debe ser ratificado por los 27 parlamentos de la Unión Europea, el actual acuerdo solo ha sido ratificado por 21, de ahí la necesidad de implementar una estrategia comercial que no requiere de la aprobación parlamentaria interna: un acuerdo provisional.
El acuerdo establece un proceso de reducción gradual y liberación total en algunos casos en un plazo de entre 10 a 15 años (en algunos sectores como el automotriz incluso de hasta 30 años), con una enorme posibilidad de que, como ha sucedido en otras ocasiones, se cuente con un rechazo político tan grande, que termine por suspenderse o renegociarse.
A finales de 1940 y principios de 1950, Raúl Prebisch, un economista argentino y Hans Singer, planteaban una teoría para explicar el estancamiento económico de América Latina después de la Segunda Guerra Mundial y su rezago frente a otras regiones del mundo que incluso encontraron en la reconstrucción del viejo mundo un impulso para crecer y distribuir los beneficios de la estabilidad económica y política entre sus ciudadanos, a esa teoría del Desarrollo Económico se le denomino Centro-Periferia y, se construyó a partir del análisis de los flujos comerciales entre las economías desarrolladas (las del centro) representadas por los países que concentran las innovaciones y ocupan una posición hegemónica en la disputa por el progreso y la modernización y los países subdesarrollados (los de la periferia), que buscan imitar y absorber el progreso técnico que emana de los países centrales.
Uno de los aspectos más importantes del modelo, sostiene que los países de la periferia no reciben los beneficios derivados del libre comercio, que exige, en un trato entre iguales, que cada parte se especialice en la producción de bienes y servicios que puede producir con ventaja comparativa ya que cuenta con los recursos estratégicos, el conocimiento y la tecnología para producir a los costos más bajos posibles.
La razón fundamental radica en el hecho de que los países en desarrollo no cuentan con los estímulos gubernamentales para generar un entorno en donde el espíritu innovador florezca de forma natural vinculados a la riqueza de la tierra a diferencia de los países del Centro. Es por eso que los vínculos comerciales entre América y Europa mantienen aún esta filosofía extractiva, siguen controlando la tecnología y la innovación mientras América Latina cuenta con los recursos estratégicos.
Vendemos minerales y compramos tubos o vendemos litio y compramos baterías, el acuerdo parece mantener esta misma lógica, nada se menciona de la transferencia tecnológica o de las inversiones en sectores estratégicos que desarrollen conocimiento con capital humano local para generar soluciones innovadoras desde adentro, se trata de seguir comprando recursos naturales, materias primas y manufacturas pequeñas a cambio de bienes terminados, con valor agregado y la riqueza integrada y generada desde el viejo continente.
Hay muchas lecciones importantes que aprender a partir de la experiencia latinoamericana, sobre todo en la medida en la que contestamos la pregunta estratégica ¿Cómo queremos crecer?, ¿Cómo queremos que se vea México en los próximos años?, ¿Cómo queremos que se genere y se distribuya la riqueza en nuestro país?, sabemos que es urgente distribuir nuestro comercio para reducir nuestra exposición a los vaivenes de los caprichos del norte, pero debemos entender lo que en su momento Prebisch y Singer sentenciaban como destino manifiesto para América Latina: sin industrialización y complejización interna, sin un uso estratégico de nuestros propios recursos y desarrollo de innovación y tecnología desde adentro, difícilmente podremos construir ese progreso equitativo, que disperse las ganancias y los beneficios entre toda la población y no solo aumente la brecha de desigualdad, para ello, la clave sigue siendo la educación, parafraseando a Paulo Freire “Solo la educación, nos hará libres”.