Opiniones

Los formatos del debate

Los formatos del debate

 


Una de las noticias políticas más relevantes, de la semana pasada, con seguridad coincidirá conmigo, fue el debate presidencial. Incluso lo sucedido con Jorge Glas en Ecuador, que intentaron utilizar como distractor ante la expectativa de que Xóchitl tuviera un alto desempeño en el debate del domingo, se diluyó rápidamente. Como sea, aún estaba el recuerdo de la negativa de Claudia para debatir en diferentes foros, situación que suele presentarse cuando algún candidato va arriba en las encuestas porque tiene mucho más que perder ante un desliz o error que pudiera cometer.


Desde 1960, cuando se llevó a cabo el primer debate entre Kennedy y Nixon, en 85 países de todo el mundo se celebran debates presidenciales. Por supuesto, destacan los Estados Unidos y Francia. En México celebramos el debate número once, en cuatro elecciones presidenciales. Sin duda, el formato beneficia o perjudica en virtud de las características personales de los participantes, así que podemos imaginar la dificultad de las negociaciones y su intensidad.


Para el consultor Gutiérrez Rubí la democracia se convierte en una exigencia para candidatas y candidatos y para prepararse se obligan a aprender o desaprender líneas, gestos, muletillas, movimientos corporales, etc. Esta preparación, en la que se anticipan preguntas o ataques, es todo un desafío para el productor, en nuestro caso el INE. La negociación de la agenda es una prueba de fuego para los estrategas y un tema apasionante para la comunicación política y, desde luego, se busca elevar el ánimo de las y los seguidores.


Daniela Barberi y Augusto Reina, en su libro Debatir para presidir, señalan que los debates son una rutina creciente en campañas. Estos ejercicios pueden ser entretenidos, aburridos, democráticos, superficiales, interesantes o hasta pobres de contenido, pero generan una fascinación entre las y los electores. Son de una gran tradición en los Estados Unidos pues permiten aumentar el umbral de conocimiento en torno a las y los candidatos y sus propuestas.  Así se logra captar la atención de millones de electores. Tomemos el ejemplo del domingo. Según el INE, 13 millones de personas lo siguieron, convirtiéndose en el segundo más visto en la historia. Los medios que utilizaron las y los espectadores fueron Facebook con más de 7.4 millones de reproducciones, X 536 mil 191 vistas (con 344 mil 214 espectadores) y el canal del INE en YouTube que tuvo 823 mil espectadores. Hay que agregar los varios cientos de miles que lo vieron a través de plataformas de Streaming y, además, IBOPE-México reveló que la audiencia en televisión abierta fue de cuatro millones de espectadores.


Dice Barberi que los debates incrementan la notoriedad en diferentes temáticas e influyen en el comportamiento electoral. De esta manera, las y los electores conocen de mejor manera la oferta política, aunque atrás de ello existe una agenda “partidocéntrica”, permite tener claro la variación temática en cuanto a posturas políticas.  Por su parte, Javier Cachés refiere que los debates y sus formatos, con sus respetivas reglas, son el fondo para el desenvolvimiento de las y los candidatos. Su realización conlleva negociaciones complejas, pues a mayor control de los eventos de campaña mayor posibilidad de impresionar al electorado, esto permite a ciertos partidos (y candidaturas) tener ventajas sobre el electorado y ganar la elección. Volvamos a Barberi, quien nos habla sobre los modelos de debate que divide en tres: de atril, conferencia de prensa y town hall.



  1. De atril se divide en bloques para exponer ideas y visiones, contiene un espacio para preguntas y respuestas, además de tiempo de interacción, es el más tradicional con reglas estrictas de intervención. Privilegia el orden sobre la espontaneidad, con menos discusiones libres. A este modelo le impacta el estilo de los candidatos que se imponen sobre límites y reglas, como el caso de Trump y Biden donde el primero lo interrumpió en innumerables ocasiones.

  2. Conferencia de prensa se da en un intercambio libre y directo de participantes, permite un ambiente de intercambio de ideas y palabras, suele ser entre dos o tres candidatos, la estructuración es mediante un diálogo libre entre ellas o ellos, se espera argumentación dialéctica y menos golpes, suele ser menos televisivo (es menos espectacular) y menos reactivo.

  3. Town hall tiene su antecedente en las asambleas de Nueva Inglaterra. Los temas no los plantean los moderadores, las preguntas las hacen los ciudadanos de a pie, que son público votante identificado como indeciso. El objetivo es remover a la prensa tradicional generando una atmósfera de autenticidad, hay un solo moderador que se limita a asegurarse que se respondan las preguntas del público y ceder la palabra a las o los candidatos. En este modelo gana la autenticidad, la espontaneidad y la espectacularidad. Por supuesto, es más riesgoso para las y los candidatos.


Cualquiera que sea el caso, fuimos testigos de la capacidad de argumentación y de las propuestas de los tres aspirantes a la presidencia, incluso de su lenguaje corporal y su habilidad para conectar con los demás participantes. No soy partidario de que el resultado se concrete a determinar quien ganó y quien perdió. Más bien, debe prevalecer la reflexión sobre qué propusieron, qué me dijeron a mí como electora o elector, cómo me lo dijeron; si mostraron empatía, burla, indiferencia o completa frialdad; sobre qué los atacaron, cómo se defendieron y viceversa.  En una dinámica así, ganan los ciudadanos al enriquecer sus posturas previas y su disonancia cognitiva se confronta con quienes consideran sus adversarios. Espero que este ejercicio se mejore para permitir un formato más libre. De hecho, me atrevo a proponer más el modelo de town hall para que veamos la capacidad de candidatas y candidatos de relacionarse con públicos no controlados y conozcamos su carisma sin intermediarios.