Vida Pública de Arturo Huicochea
Hoy murió Jürgen Habermas, uno de los filósofos más influyentes de la democracia contemporánea. Tenía 96 años. Durante más de medio siglo sostuvo una tesis incómoda para todos los gobiernos: la democracia no se mide por la popularidad del poder, sino por la calidad de la conversación pública que ese poder permite.
Conviene recordarlo hoy, cuando en México la política se ha acostumbrado peligrosamente al monólogo.
Habermas dedicó su obra a estudiar la relación entre poder y legitimidad. En Teoría de la acción comunicativa formuló una idea central: una democracia sólo es legítima cuando las decisiones públicas pueden justificarse racionalmente ante los ciudadanos. “La legitimidad —escribió— surge de procesos discursivos en los que los afectados pueden aceptar razonablemente las normas que los gobiernan”.
La advertencia era clara: ganar elecciones no basta.
La legitimidad democrática empieza en las urnas, pero se sostiene en la deliberación pública. Cuando el poder sustituye la conversación por la propaganda, la democracia comienza a erosionarse desde dentro.
Vista desde este criterio exigente, la experiencia política de la llamada Cuarta Transformación plantea preguntas incómodas.
La 4T llegó al poder con una legitimidad electoral contundente. La victoria de 2018 expresó un hartazgo real frente a un régimen político agotado. Pero Habermas habría advertido que la legitimidad plebiscitaria es un recurso que se desgasta si no se transforma en legitimidad deliberativa.
Y ahí aparece el problema.
El gobierno federal convirtió la comunicación política en el eje cotidiano del poder. Nunca antes un presidente mexicano había ocupado con tanta intensidad el espacio público. Sin embargo, desde una perspectiva habermasiana, esa presencia constante no equivale necesariamente a deliberación democrática.
Porque Habermas distinguía entre acción comunicativa y acción estratégica.
La primera busca entendimiento entre ciudadanos libres.
La segunda busca imponer una narrativa para ganar poder.
La política mexicana de los últimos años ha transitado con rapidez hacia la segunda.
La conversación pública se ha empobrecido en un clima de polarización permanente. El espacio deliberativo se reduce cuando la discusión política se organiza alrededor de una frontera moral: pueblo contra adversarios. En ese ambiente, los argumentos pierden terreno frente a las etiquetas.
Habermas lo anticipó con precisión: “Cuando la comunicación pública se transforma en instrumento estratégico, deja de producir legitimidad”.
La consecuencia no es sólo retórica. También es institucional.
El filósofo alemán habló de un fenómeno peligroso para las democracias modernas: la “colonización del mundo de la vida” por parte del sistema político. Ocurre cuando el poder invade espacios que deberían permanecer abiertos a la crítica racional: la prensa, la academia, los órganos autónomos, los tribunales.
No se trata necesariamente de censura formal. Basta algo más sutil: desacreditar sistemáticamente a quien disiente.
El resultado es una esfera pública cada vez más ruidosa, pero menos racional.
Paradójicamente, el mismo gobierno que reivindica la democratización del poder ha contribuido a deteriorar algunos de los mecanismos deliberativos que sostienen la democracia moderna: el pluralismo institucional, la mediación técnica, la discusión informada.
Nada de esto cancela los avances sociales que el propio gobierno reivindica. Habermas siempre sostuvo que la igualdad material es condición para la ciudadanía democrática. Pero incluso ahí surge una pregunta incómoda: ¿las políticas sociales están fortaleciendo derechos institucionales duraderos o consolidando una relación política directa entre gobierno y beneficiarios?
La diferencia es profunda. Una crea ciudadanía. La otra produce lealtades.
Hoy que muere Habermas, conviene recordar una de sus frases más severas: “Una democracia vive de la fuerza del mejor argumento”.
Cuando el poder deja de discutir y empieza simplemente a hablar —todos los días, durante horas— la política puede ganar espectáculo.
Pero la democracia ha perdido sustancia. Y esoso, tarde o temprano, termina pasando factura.