¿Cuántos kilos?

Martha Nava

¿Cuántos kilos?

Imagogenia


En pleno 2026 el peso de una mujer no debería ser tema de conversación, y lo es. Hoy tendríamos que estar hablando de logros, de proyectos, de liderazgo, de impacto cultural, de creatividad o de ideas. Sin embargo, basta con que una figura pública aparezca en un video, en una alfombra roja, en una fotografía en redes o en un escenario, para que miles de personas se sientan autorizadas para discutir si “se ve demasiado delgada”, “se ve más voluptuosa”, “se hizo algún arreglo”, “se descuidó” o si “ya no luce como antes”.


Si bien hay una parte de la conversación pública que navega bajo el estandarte de preocupación ya sea por la salud física de la figura pública en cuestión o bajo conceptos como “es porque influye en las niñas/audiencias”, “es porque manda un mensaje equivocado”, lo cierto es que aunque a veces la preocupación es genuina; muchas otras, es una forma socialmente aceptada de invadir la intimidad de otra persona, sin considerar cómo estos comentarios afectarán su salud mental.


Tal es el caso de Ariana Grande, que apenas a finales de la semana pasada fue de nuevo tema de conversación pero no por el lanzamiento de su álbum “Petal” y el video del mismo nombre; no, las redes sociales se llenaron de opiniones sobre su aspecto físico. Hay quienes afirman estar preocupados por su bienestar, quienes critican lo que consideran una normalización de la extrema delgadez y quienes utilizan su imagen como ejemplo de los estándares de belleza contemporáneos. Lo cierto es que nadie fuera de su círculo cercano conoce su realidad médica, emocional o personal. Grande ya había hablado de esto hace tres años, cuando explicó que el cuerpo que muchos consideraban “más saludable” correspondía al periodo más difícil de su vida y señaló que “deberíamos sentirnos menos cómodos comentando sobre los cuerpos ajenos”.


Sin embargo, no podemos ignorar la otra cara de la moneda. El impacto que tienen las figuras públicas en sus audiencias. Vamos, debemos entender que su imagen funciona como referencia cultural, como aspiración estética y, en muchos casos, como modelo de comportamiento. Y, bajo la accesibilidad que hoy tenemos todos gracias a las redes sociales, las audiencias más sensibles como los niños y adolescentes observan, comparan y construyen parte de su autopercepción a partir de lo que consumen diariamente en este entorno digital, es decir, ellos normalizan y ven como ideal la imagen de aquellos personajes que admiran.


Entonces, ¿dónde está el límite? Esa es una delgada línea entre analizar fenómenos culturales y emitir juicios personales sobre un cuerpo específico. Es decir, podemos discutir los estándares de belleza, la cimentación que existe en la industria del entretenimiento respecto de ciertas apariencias, cómo los algoritmos favorecen determinados tipos de cuerpos como ideales o cómo los estándares sociales respecto del ideal del cuerpo femenino sigue afectando la salud mental de millones; Pero, lo que no se vale es convertir a una mujer concreta en objeto de escrutinio colectivo sobre su peso.


Y es que, esta problemática no se limita a la extrema delgadez, nada menos hace un par de días, la modelo y empresaria Georgina Rodríguez, prometida del futbolista Cristiano Ronaldo, tuvo que publicar su postura sobre el tema, después de que en unas fotografías familiares en Mallorca, se le señalara de “gorda”. Su respuesta fue profundamente reveladora: “El valor de una persona jamás puede depender de un físico ni de la opinión de desconocidos”; y sí, sus palabras tocan una verdad incómoda: los cuerpos femeninos parecen estar condenados a no cumplir nunca con la expectativa colectiva. Si una mujer adelgaza demasiado, preocupa; si aumenta de peso, decepciona; si se somete a procedimientos estéticos, es artificial; si no lo hace, “se descuida”. Y así, la imagen pública femenina vive atrapada en una contradicción imposible.


Aquí hay un punto sumamente importante, la imagen de una persona no es únicamente su apariencia física. La imagen es un todo: comportamiento, discurso, valores, congruencia, reputación, presencia, narrativa personal y mucho más, por lo que reducir la imagen de una mujer a la talla de su ropa es empobrecer todo lo que somos, porque nuestro valor es visual, sí, pero también es intelectual, profesional y humano.


Al final, aquí tenemos dos aristas. La primera es que: la responsabilidad de una figura pública consiste en comprender que su imagen comunica e impacta a sus audiencias y la responsabilidad de la audiencia consiste en comprender que esa comunicación no elimina la dignidad ni la privacidad de quien la proyecta. Y la segunda es que: estas situaciones revelan algo muy crudo sobre la sociedad. Seguimos encontrando fascinación en vigilar el cuerpo de las mujeres mientras minimizamos sus ideas, sus trayectorias y sus aportaciones. Hay que dejar de discutir si una mujer cumple con un estándar corporal culturalmente aceptado y empezar a analizar lo que crea, lo que dirige, lo que inspira o lo que transforma.