LA CENSURA DEL PODER

Raúl Mandujano

LA CENSURA DEL PODER

Recuerdo que con el cambio de gobierno el sexenio pasado, comprendimos que los medios de comunicación no éramos bien vistos; sin embargo, el discurso, que no las acciones, referían que no había censura y más bien respeto al periodismo y la comunicaciòn. No obstante, debido a las constantes y casi a diario criticas contra el gobierno, el expresidente halló en “el pueblo” el pretexto para frenar el libertinaje de expresión de ciertos medios y periodistas, acostumbrados a privilegios.


No se implementaron leyes formales de censura directa, pero se implementaron mecanismos indirectos de presión y control, entre ellos descalificar a periodistas, la reorientación de la publicidad oficial y ese ejercicio de presión y control institucional llamado la Mañanera que informaba acciones y confrontaba a periodistas y opositores.


Surgió también una propuesta para regular y proteger los derechos de las audiencias, que no terminó por consolidarse.


Ahora, desde hace un par de días inició la  consulta pública sobre derechos de las audiencias, que dice la presidenta que no es censura, es separar la información de las opiniones, y ayudar a comprender esa diferencia, al menos en la radio y la televisión, en una primera etapa, deberán contar con personas defensoras de las audiencias y ayudar al establecimiento de un código de ética. Supervisarán o espiarán diariamente qué se opina y dictarán veredictos de confiabilidad.


Me parece que estas nuevas regulaciones reaparecen cuando las críticas se vuelven más severas por acciones contra la oposición y no así contra ex gobernadores y gobernadoras afines, por temas de huachicoleo e incluso sobre los discursos estadunidenses sobre el crimen organizado y el TMEC.


Por ello se reactiva, presumiblemente, porque ahora hay que agregar este concepto de presunción a las opiniones, este debate de cómo garantizar la protección de quienes reciben contenidos.


No hay, no existe gobierno alguno que no quisiera tener control de los medios ni actores aplaudidores.


Esta fórmula para defender a las audiencias de manipulaciones es como explicarle a un niño qué es bueno y qué es malo, y ponerle “nanas” para que lo entiendan. Me parece que más que debates deberíamos aprender a dialogar, conciliar y recordar que el objetivo debe ser  siempre México y no las ideologías de poder.