El domingo pasado se celebró la edición LX del Súper Bowl de la NFL. Este evento se ha consolidado como una tradición que trasciende fronteras, incluso en países como México, donde el futbol americano no tiene el mismo arraigo histórico que en Estados Unidos. Más allá del espectáculo deportivo, el Súper Bowl se ha convertido en un fenómeno cultural y mediático cuyo show de medio tiempo genera, año con año, gran expectación. Por ese escenario han pasado artistas como Michael Jackson (1993), Beyoncé (2013), Katy Perry (2015), Coldplay y Bruno Mars (2016), Lady Gaga (2017), y Shakira y Jennifer López (2020), entre otros.
Para 2026, el elegido fue el cantante puertorriqueño Bad Bunny. Desde el anuncio de su participación, surgieron diversas críticas. Algunos grupos conservadores y comentaristas argumentaron que no se trataba de un artista “típicamente estadounidense”; que canta principalmente en español y, por tanto, no representaba la cultura americana tradicional; o que su estilo musical resultaba “indecente o inapropiado” para una transmisión que suele verse en un entorno familiar.
Uno de sus críticos más notorios fue el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien, tras el espectáculo, publicó en redes sociales comentarios en los que afirmó que “nadie entendía una palabra de lo que decía ese tipo”, en alusión a que Bad Bunny cantó en español. También calificó la coreografía como repugnante —especialmente para los niños— y sostuvo que el show fue “una cachetada en la cara para Estados Unidos”.
No todo fue descalificaciones. Diversas celebridades manifestaron su respaldo al artista. Katy Perry, por ejemplo, publicó: “Tú puedes con esto… Recuérdale al mundo cómo es el verdadero sueño americano”.
Lo que debía ser un espectáculo musical terminó adquiriendo tintes políticos incluso antes de su realización, dejando al descubierto el sesgo de discriminación que persiste en sectores de la sociedad estadounidense y la profunda polarización que no solo atraviesa a ese país, sino que permea en distintas regiones del mundo.
Cabe preguntarse entonces: ¿es necesario politizar un evento deportivo de esta magnitud? ¿Cómo impactan los comentarios del presidente en el entorno social de los latinos que radican en territorio estadounidense? ¿Qué mensaje dejó realmente el show de medio tiempo?
En principio, conviene recordar que se trata de un evento deportivo y que el espectáculo de medio tiempo difícilmente satisfará a todos los espectadores. La diversidad de gustos es natural; por ello, el artista elegido no debería convertirse, en automático, en un campo de batalla ideológico.
Aunque podría pensarse que las críticas respondían únicamente a preferencias musicales —como ocurre cada año—, lo cierto es que en esta ocasión el descontento reveló algo más profundo: un malestar hacia la visibilidad de la cultura latina. Y ello no es nuevo. El arrastre político del mandatario estadounidense y su influencia en amplios sectores de la población, sumados a un patriotismo históricamente arraigado, han generado en ocasiones expresiones excluyentes hacia comunidades migrantes, particularmente latinas.
Diversos estudios han señalado que aproximadamente uno de cada cuatro latinos en Estados Unidos afirma haber sido discriminado o tratado injustamente por su origen étnico o racial. Esto incluye críticas por hablar español, ser exhortados a “regresar a su país” o recibir insultos raciales. Asimismo, una proporción significativa considera que el odio hacia su comunidad ha ido en aumento en los últimos años. Otros análisis elevan la cifra de quienes han experimentado algún tipo de discriminación —incluyendo prejuicios o trato desigual— a porcentajes comparables con los de la comunidad afroamericana.
A ello se suman los datos oficiales sobre crímenes de odio en Estados Unidos, que en años recientes han alcanzado cifras de las más altas desde que se tiene registro. Una parte importante de estos incidentes ha estado motivada por prejuicios relacionados con raza, etnia o ascendencia, incluidos ataques dirigidos contra personas de origen hispano o latino.
Si bien no puede afirmarse que exista un llamado explícito desde el poder para agredir a las comunidades latinas, sí es innegable que las declaraciones reiteradas con desdén hacia su cultura pueden interpretarse como un aval simbólico para quienes sostienen posturas discriminatorias. Comentarios como los vertidos en contra del show de medio tiempo no son inofensivos; pueden reforzar narrativas de exclusión y alimentar la animadversión hacia una comunidad que forma parte esencial del tejido social estadounidense.
En ese contexto adverso, el espectáculo de Bad Bunny adquirió una dimensión distinta. Su presentación, casi íntegramente en español, se posicionó entre las más vistas de la historia reciente del evento, con cifras millonarias de audiencia y visualizaciones globales. El “Conejo Malo” llenó el escenario de referencias claras a la cultura caribeña y latinoamericana: estampas de la vida rural y urbana de Puerto Rico, así como boxeadores portando banderas de Puerto Rico y México, en alusión a los lazos culturales y deportivos compartidos. Al interpretar sus éxitos como: Tití Me Preguntó y Yo Perreo Sola, consolidó una presencia lingüística y musical latina en un espacio históricamente dominado por el inglés.
Hacia el final, pronunció “God Bless America” y luego mencionó países de todo el continente, proyectando una visión amplia e inclusiva de “América”, entendida no solo como una nación, sino como un territorio plural que va del norte al sur y que comparte historias, migraciones y raíces culturales.
Más allá de filias o fobias musicales, el mensaje que quedó en el aire fue claro: la identidad latinoamericana no es ajena a Estados Unidos; es parte constitutiva de su presente y de su futuro. La cultura hispana habla de hermandad, de fiesta, de resiliencia y de colores. Para millones de personas que vieron el espectáculo, pudo haber sido también un momento de reivindicación y orgullo para poder decir, -tal y como versa en la canción de Los Tigres del Norte-: “…De América, yo soy”.