Opiniones

Talón de Aquiles

Talón de Aquiles

-Lumbreras

 


El pasado 22 de febrero se confirmó la captura y posterior muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, identificado como líder y cofundador del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una de las organizaciones criminales con mayor presencia y capacidad operativa en México durante la última década.
Nacido en 1966 en Michoacán, Oseguera Cervantes fue detenido en los años ochenta en Estados Unidos por delitos relacionados con drogas y posteriormente deportado a México. Formó parte del Cártel del Milenio antes de consolidar el CJNG alrededor de 2010. Bajo su liderazgo, el grupo expandió rápidamente su presencia en múltiples estados y desarrolló redes internacionales de tráfico de drogas. Su trayectoria criminal terminó tras un operativo militar en Tapalpa, Jalisco. La Fiscalía General de la República confirmó su identidad y el cuerpo fue reclamado por sus familiares.


El despliegue incluyó helicópteros, labores de inteligencia y enfrentamientos armados. Tras su caída, se registraron narcobloqueos, quema de vehículos y choques entre grupos armados en distintos puntos del país. Se trata, sin duda, de uno de los golpes más relevantes contra el narcotráfico en años recientes, comparable —por su impacto simbólico— a las capturas de Joaquín “El Chapo” Guzmán e Ismael “El Mayo” Zambada García, figuras dominantes del crimen organizado en las últimas décadas.


Sin embargo, más allá de la dimensión operativa y política del hecho, un elemento ha llamado particularmente la atención: de acuerdo con diversas versiones periodísticas, la localización de “El Mencho” habría sido posible gracias al seguimiento realizado a una de sus parejas sentimentales, quien acudía a visitarlo a la cabaña donde se ocultaba.
Y es aquí donde surge la pregunta de fondo: ¿son las parejas sentimentales el punto débil de los grandes capos? ¿Qué los lleva a bajar la guardia cuando se trata de vínculos afectivos?


No existe una fórmula única ni una explicación absoluta. Pero no es la primera vez que los lazos personales aparecen —directa o indirectamente— como un factor que facilita detenciones.


En 1985, Rafael Caro Quintero mantenía una relación con Sara Cosío, joven perteneciente a una familia política influyente en Jalisco. La denuncia por su presunta desaparición detonó una intensa búsqueda. Más tarde se supo que estaba con él por voluntad propia, pero una llamada telefónica realizada desde Costa Rica permitió a las autoridades rastrear la ubicación donde se ocultaban, lo que derivó en su captura.


En 2016, Joaquín Guzmán fue recapturado tras labores de inteligencia que incluyeron el seguimiento de comunicaciones con su círculo cercano, entre ellos su esposa, Emma Coronel Aispuro. Además, el contacto que sostuvo con la actriz Kate del Castillo también formó parte del entramado que permitió ubicarlo nuevamente.


En 2010 fue detenido Edgar Valdez Villarreal, “La Barbie”, exintegrante del cártel de los Beltrán Leyva. Diversos reportes apuntaron a que su estilo de vida ostentoso y sus relaciones personales facilitaron su localización.


En 2012, Heriberto Lazcano Lazcano, “El Lazca”, líder del grupo criminal “Los Zetas”, fue abatido en un operativo. Si bien no fue entregado por una pareja, investigaciones previas habían recurrido al monitoreo de círculos personales y afectivos para seguir su rastro.


A nivel internacional, el caso de Pablo Escobar resulta paradigmático. Aunque no fue traicionado por su esposa, el contacto con su familia permitió rastrear una llamada que contribuyó a su ubicación final en 1993.


Estos ejemplos no buscan simplificar fenómenos complejos ni reducir las capturas a un factor romántico. Pero sí evidencian algo profundamente humano: incluso quienes han detentado enorme poder criminal, recursos económicos ilimitados e influencia sobre estructuras políticas y policiales, conservan espacios de vulnerabilidad.


Por más que proyecten frialdad o ferocidad, no dejan de experimentar necesidades afectivas. Viven en paranoia constante, cambian de rutinas, desconfían de todos y se ocultan permanentemente. En ese contexto, la pareja suele convertirse en uno de los pocos espacios donde la tensión disminuye y el estado de alerta se relaja. Es, quizá, el único territorio donde pueden sentirse “normales”.


Desde la psicología, el enamoramiento activa sistemas cerebrales asociados con recompensa (dopamina), apego (oxitocina) y motivación. Estos procesos pueden nublar el juicio, reforzar la dependencia emocional y reducir la percepción del riesgo. A ello se suma otro factor: tras años evadiendo a la justicia, muchos desarrollan una sensación de invulnerabilidad, exceso de confianza y subestimación de las autoridades.


No se trata de que las instituciones “busquen” provocar traiciones sentimentales. Más bien, las relaciones íntimas amplían el círculo rastreable: comunicaciones, movimientos financieros, desplazamientos físicos y redes sociales se vuelven más complejos de ocultar cuando intervienen terceros con vida propia.


Al final, la historia se repite con distintos nombres: Caro Quintero, “El Chapo”, “La Barbie”, “El Lazca”, Escobar y ahora “El Mencho”. Todos, en algún momento, bajaron la guardia.


Porque incluso los hombres más temidos tienen un punto débil. Su Talón de Aquiles.


 


#ElMencho #CJNG #SeguridadMéxico #Tapalpa #Narcotráfico #FGR #NoticiasMéxico #CaídaDelMencho #InteligenciaMilitar #Febrero2026