Opinión por Alexander Naime
La reciente derrota electoral en Hungría del primer ministro Viktor Orbán —símbolo durante años de la democracia ileberal o nacionalismo autoritario en Europa— representa uno de esos puntos de inflexión que invitan a repensar el rumbo del mundo y que la democracia política es posible frente a las tentaciones autoritarias.
La democracia ileberal según wikipedia es “un sistema de gobierno en el que prácticas democráticas o antidemocráticas son ocultas tras instituciones y procedimientos formalmente democráticos y aunque se celebren elecciones” muchas veces no tienen, por ocultamiento de la información, de las actividades de quienes ejercen el poder real, ignoran la opinión de las minorías, las elecciones son manipuladas o amañadas y son usadas para legitimar y consolidar al titular de un poder.
Cualquiera coincidencia con la realidad inmediata de muchos países de Latinoamérica es “mera coincidencia”, se pensaría de manera jocosa.
En efecto, en medio de un escenario internacional marcado por conflictos, polarización y una creciente desconfianza hacia las instituciones, hablar de esperanza, en el espacio político, puede parecer un ejercicio ingenuo.
El caso húngaro no es menor. Durante dieciséis años, Orbán consolidó un modelo político basado en el control institucional, el debilitamiento de contrapesos democráticos y un discurso abiertamente contrario a los valores liberales. Su salida del poder, impulsada por una ciudadanía que decidió recuperar el equilibrio democrático, demuestra que incluso los proyectos políticos más arraigados pueden ser revertidos por la vía electoral. Este hecho no solo impacta a Europa Central, sino que envía un mensaje global: las democracias, aunque erosionadas, conservan mecanismos de autocorrección.
Asimismo, en América Latina se observa un fenómeno interesante: una ciudadanía cada vez más crítica y participativa. Más allá de las ideologías, los electores han comenzado a castigar con mayor frecuencia a los gobiernos que incumplen sus promesas o incurren en prácticas corruptas. Este comportamiento, aunque genera alternancias constantes, fortalece la rendición de cuentas y limita la consolidación de liderazgos autoritarios. Países como Chile y Colombia han vivido procesos políticos intensos en los que la sociedad civil ha jugado un papel determinante. Hoy lo está viviendo el Perú.
Un factor clave es el papel de las nuevas generaciones. Los jóvenes, muchas veces señalados como apáticos, han demostrado en distintos contextos una capacidad notable para movilizarse en torno a causas globales y particulares de la política: la crisis climática hasta la defensa de los derechos humanos, su participación ha obligado a los gobiernos a incorporar temas que antes eran marginales en la agenda pública.
Finalmente, no puede ignorarse el avance tecnológico como herramienta de vigilancia ciudadana. Aunque también ha sido utilizado para el control, su potencial para transparentar la acción gubernamental es significativo. La difusión de información, la organización social y la denuncia pública son hoy más accesibles que nunca, lo que puede reducir los márgenes de impunidad.
La esperanza, entonces, radica en la capacidad de las sociedades para enfrentar al autoritarismo. La derrota de liderazgos autoritarios, el resurgimiento de la vigilancia ciudadana y la participación de nuevas generaciones configuran un panorama complejo, pero no desprovisto de futuro. En un mundo que parece inclinarse hacia la incertidumbre, estos indicios recuerdan que la política, cuando es ejercida y defendida por la ciudadanía, sigue siendo una herramienta poderosa para transformar la realidad.
No todo está perdido.