Perspectivas de Cynthia Valeriano
Estamos a unos días de la conmemoración del 8 de marzo. Una fecha en la que observamos como las principales ciudades del país se llenan de consignas, marchas y reflexiones sobre la situación de las mujeres. En esta ocasión, quisiera poner en la discusión una pregunta que no resulta tan cómoda pero que considero necesaria para entender el impacto de la fecha: ¿qué tan lejos estamos realmente de construir una sociedad donde las mujeres puedan desarrollar plenamente su talento y su proyecto de vida?
La respuesta no es sencilla, ya que, si fijamos un punto en la línea del tiempo de la construcción de igualdad en nuestro país, claramente hablamos de grandes avances en la participación de las mujeres en la vida económica, política y sociales, pero si observamos con rigor los datos económicos, también queda claro que la igualdad real sigue siendo una promesa inconclusa.
México es, en muchos sentidos, un país sostenido por el trabajo de las mujeres. Hoy viven en el país cerca de 67 millones de mujeres (el 51.7 % de la población), y su presencia en la economía ha crecido de manera constante en las últimas décadas. Sin embargo, su participación en el mercado laboral todavía refleja una brecha estructural fundamental: solo el 46 % de las que se encuentran en condiciones de emplearse, participa en alguna actividad económica, frente a cerca del 75 % de los hombres.
Esta distancia no es un simple dato estadístico: representa millones de trayectorias profesionales y proyectos económicos que nunca se desarrollan, negocios que no nacen y talento que permanece subutilizado. En economía, con frecuencia nos obsesionan las grandes cifras, principalmente porque nos ayudan a dimensionar un problema y en ese sentido, solo imaginar que de incorporarse en la misma proporción que los varones, las mujeres a la economía podría aumentar el PIB de México en hasta 6.9 billones de pesos durante la próxima década.
En otras palabras, la igualdad económica no es únicamente un tema de justicia social: es también una estrategia de crecimiento. Pero el desafío no se reduce al acceso al empleo. Incluso cuando las mujeres participan en la economía, lo hacen en condiciones desiguales. Por cada 100 pesos que gana un hombre, una mujer recibe en promedio 86, una brecha salarial que persiste incluso dentro del trabajo formal.
Las características del empleo son también sintomáticas de un mercado asimétrico que tiene un alto costo al convertirse en una de las barreras más importantes para el desarrollo sostenido, ya que más de la mitad de las mujeres ocupadas se encuentra en la informalidad, sin acceso pleno a seguridad social ni estabilidad laboral, lo que no les permite planificar, ni construir patrimonio de forma sencilla.
Y existe otro factor que la economía apenas comienza a reconocer con la importancia que merece: el trabajo no remunerado. En México, alrededor del 73 % de las labores domésticas y de cuidado recaen en mujeres, lo que limita su disponibilidad de tiempo para estudiar, emprender o integrarse al mercado laboral. Hace no mucho platicaba sobre estos temas con un grupo de estudiantes, con quienes hacíamos una reflexión en torno a lo que significa “cuidar a otros”, las horas que deberían considerarse a la semana para limpiar, cocinar, atender y acompañar a los miembros del hogar y las alternativas que en otro escenario tendrían millones de mujeres si pudieran compartir de forma más equilibrada la carga del cuidado. Este es uno de los grandes “subsidios invisibles” del sistema económico: millones de horas de trabajo que sostienen hogares, empresas y comunidades, pero que no aparecen en las cuentas nacionales.
Aun así, reducir la conversación del 8 de marzo a una lista de desigualdades sería incompleto. También es importante reconocer lo que sí ha cambiado: Las mujeres mexicanas hoy tienen mayor acceso a la educación superior que los hombres: alrededor del 53 % de la matrícula universitaria corresponde a mujeres. México, además, ha alcanzado avances notables en representación política y paridad en cargos públicos, un logro que hace apenas una generación parecía improbable, estos cambios importan porque muestran algo fundamental: cuando las estructuras se abren, las mujeres no solo participan, transforman los espacios.
Por eso, quizá la discusión de fondo del 8 de marzo no sea únicamente sobre igualdad simbólica, el verdadero desafío es aprender a mirar la realidad económica con honestidad, significa reconocer que millones de mujeres jóvenes en México crecen todavía en contextos donde el acceso a educación, empleo digno, financiamiento o seguridad no está garantizado. Significa aceptar que el sistema económico aún se construye sobre una distribución desigual del tiempo, del ingreso y de las oportunidades.
Pero también significa reconocer algo más poderoso: que transformar esa realidad es posible, y es que cuando una mujer estudia una carrera donde antes no había mujeres, emprende un negocio, lidera una institución o redefine el reparto del trabajo dentro de su hogar, se produce una pequeña innovación social. Y cuando esas innovaciones se multiplican, cambian el rumbo de un país.
Este cambio no requiere de grandes inversiones ni acuerdos espectaculares, requiere de un esfuerzo coordinado entre el gobierno y la sociedad para abrirles espacios en todos los frentes, sustituir algunos subsidios por infraestructura de cuidados, apoyos directos por salarios dignos, por mecanismos de flexibilidad laboral para que no se convierta en una disyuntiva trabajar o atender a la familia y sobre todo, oportunidad de emprender y construir negocios solidos que subsistan y se conviertan en una fuente solida de recursos.
Es por eso, que en esta ocasión quisiera invitarte a mirar con más atención la economía cotidiana: quién cuida, quién produce, quién decide y quién queda fuera. Una invitación a cuestionar estructuras que durante décadas parecieron naturales, pero que en la actualidad sabemos que son perfectibles, que pueden mejorar el bienestar de todos y todas, que podemos construir juntos y juntas un presente económico del país que no dependa únicamente de la existencia de recursos naturales con alto valor de mercado, una ubicación geográfica estratégica, un nivel de inversión en máximos o un acuerdo comercial conveniente, sino de la incorporación de millones de mujeres que ya están aquí, con sus talentos, su potencial, su disciplina, su trabajo y sus sueños que mejoren no solo las condiciones económicas de ellas mismas y sus familias, sino de forma conjunta, que mejore la perspectiva económica del país.