Poder y deber

Oscar
Glenn

Poder y deber

12/11/2019
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El Gobierno de México ofreció al depuesto Presidente boliviano Evo Morales asilo político, argumentando razones humanitarias, tras el golpe de estado que lo obligó a huir el domingo pasado.

Esa oferta se hizo antes de que se lo solicitaran y de que el Senado de la República lo autorizara, por la simpatía del proyecto de la cuarta transformación hacia él, porque pudo y tenía los recursos para efectuarlo; aunque aparentemente sin mayor análisis ni consideración sobre la opinión que los mexicanos tuvieran de un hombre que si bien logró impulsar el desarrollo económico de su nación, faltó a los principios de la democracia intentando arbitrariamente mantenerse en la presidencia una vez más, contra sus reglas y contra la voluntad de la mayoría de su pueblo, tal como lo dictaminó la Organización de Estados Americanos.

Es difícil de entender cómo un presidente demócrata como López Obrador puede ignorar esto, y cómo su gobierno se apresuró a reconocer como Presidente Legítimo a Evo Morales, repudiando incluso la determinación de la OEA- con base en los principios de democracia, los derechos humanos, la seguridad y el desarrollo- sobre la elección y el golpe de Estado. Pero el mandatario mexicano lo hizo una vez más porque pudo y porque quiso, aunque muchos mexicanos sigamos pensando que debieron analizarlo mejor.

El pasado 3 de noviembre, el Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, al clausurar el Foro Antiimperialista contra el Neoliberalismo, en La Habana, Cuba, sostuvo que el gobierno de México es parte de un “hermano frente progresista”, en el cual también implicó al próximo gobierno de Argentina que encabezará Alberto Fernández a partir del 10 de diciembre.

Al día siguiente, en la conferencia mañanera, López Obrador negó ser parte de ese frente en contra del neoliberalismo, declarando textualmente: “No, porque cada país tiene su propia realidad, cada país tiene su propia historia, por eso precisamente es el principio de autodeterminación de los pueblos” y consideró que las palabras de Maduro fueron una simple expresión de respeto. Este afán protector que hoy ha mostrado para el ex presidente boliviano, el liderazgo asumido sobre este conflicto, hacen pensar otra cosa a propios y extraños, lo cual no es asunto menor.

Mal si a alguien se le ocurrió que esto podría ser un simple distractor para aliviar la presión que existe sobre asuntos como la amenaza de injerencia en el Instituto Nacional Electoral para reducir el período del Presidente del Consejo; la exigencia de que se reponga la elección del titular de la CNDH; la recesión económica y el desempleo, o el lamentable saldo en la lucha contra el crimen.

Peor si fue el simple ímpetu de contener el deterioro de la imagen de un gobierno de izquierda que teniendo resultados aceptables en la generación de bienestar se obsesionó con el poder y fracasó, sirviendo ahora de referente para los escépticos de la 4-T.

Habiendo tanto por resolver en nuestro país, ojalá que no tengan que arrepentirse más pronto de lo que se imaginan por haber ejercido el poder de hacer, sin pensar suficientemente en su deber y no empezar a andar un camino sinuoso.



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