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El Mercader de Venecia en nuestro tiempo

El Mercader de Venecia en nuestro tiempo

Por Luis Guillermo Garcia Ruiz
23/10/2017 |   Tejupilco / Ciudad de México

EN LA LINEA DEL TIEMPO. Además de El mercader de Venecia, Shakespeare escribió otra obra, Otelo el moro, de la misma ciudad situada al final del Mar Adriático, en el golfo que lleva su nombre y que se benefició de su geografía, para capitalizar desde principios del siglo XV, dos acontecimientos determinantes para la humanidad: la ruta marítima descubierta por los navegantes portugueses, para circunnavegar el mundo entero; y el hallazgo del Nuevo Mundo, por Cristóbal Colón.

El mercader de Venecia no es solo un testimonio histórico de Inglaterra, sino profecía y negro augurio del futuro de la emergente potencia británica para los siglos XVII y XVIII, lanzada a empresas mercantiles y de colonización, sobre el basamento echado por los últimos miembros de la dinastía de los Tudor, Enrique VIII, y la reina Isabel I.

Cabe señalar que a pesar de la fama que llegó a tener el poeta isabelino por excelencia, no tuvo en su tiempo mayor influencia, pues a fines del reinado de Isabel I, el libro de los libros para los ingleses, era la Biblia.

Pocos pudieron enterarse que la obra de Shakespeare se anticipaba a un giro político inesperado, el viraje oligárquico contra el viejo régimen aristocrático presidido por la soberanía del monarca. Nadie se imaginó el parricidio de Carlos I a manos del Parlamento que ordenó su decapitación, ni tampoco el tránsito, así sea breve, de un gobierno republicano a manos de Oliverio Cromwell, que llevaría a cambios radicales en el ejercicio del gobierno, la soberanía del Estado, el poder político y la nueva figura del Rey que, a partir de entonces, Reina pero no Gobierna.

REGISTRO POLÍTICO. El mercader de Venecia es ante todo una fantasía política, premonición del liberalismo moderno. Testimonio histórico de la batalla librada contra la vieja virtud de la liberalidad aristocrática: la de la riqueza contra el honor. De la usura y la ganancia del burgués, contra el antiguo y destronado hombre liberal.
Antes que un intento por justificar una nueva doctrina de libertad para la humanidad, el liberalismo fue el triunfo del enriquecimiento privado frente a los derechos patrimoniales de las coronas española y británica respectivamente.
El mercader de Venecia es una obra que aparece concebida para ilustrar la vacilación entre el mundo aristocrático y el emergente mundo burgués; entre la economía feudal de la nobleza del Medioevo y la nueva economía mercantil, disparada por la ambición y la codicia propias de la época moderna.

Shakespeare confronta dos principios políticos de gobierno: el del honor y el de la ganancia. Principios que corresponden, a su vez, a dos formas de gobierno o más bien, a dos tipos de constituciones políticas, antagónicas la una de la otra. La primera es una forma de gobierno justa y virtuosa, es la Aristocracia, mientras que la segunda constitución es perversa: perdida en el extremo por tomar en exceso y o no soltar nada. Principios políticos y formas constitucionales que serán encarnadas en personajes teatrales:
Antonio, nombre de resonancias romanas y latinas, representará los valores del honor: el de la amistad, la liberalidad, la virtud y la justicia.

Shylock asumirá los vicios de la nueva época del liberalismo: las relaciones de interés, la avaricia, el vicio de la corrupción del lucro y la injusticia. Shylock no invoca ninguna nacionalidad sino al mundo entero, peregrino errante de su clan, sometido a la religión del dinero y la codicia, es el judío que revela extrañas semejanzas con el hombre surgido de la Inglaterra isabelina: anticatólico, hereje –antipapista como Enrique VIII- severamente justiciero y moral en el reclamo de sus derechos y garantías.

¿De qué lado está Shakespeare? ¿Del de Antonio, el cristiano aristócrata mediterráneo, o de Shylock el usurero, especulador, poseso de un desmedido amor por la riqueza, confundido y amalgamado al dinero que el idolatra y del que es esclavo?.

Hay que esperar hasta el final de la comedia, un happy end magistralmente truqueado, para así salvar su propio pellejo, el del mismo Shakespeare, al inmiscuirse en el entramado de las disputas políticas, entre la vieja aristocracia inglesa y la emergente burguesía citadina.
Un final que solo la intervención de la bella Porcia altera, transfigurada en varón docto y justo, que viene a revertir la acusación: de Antonio como víctima, indefensa y sumisa al peso implacable del acusador, Shylock, el victimario, a la relación inversa

La sentencia es que Shylock tome la libra exigida, pero solo de carne como se estipuló a la letra, sin derramar una gota de sangre. Mediante esta astucia, las amenazas que el judío hace sobre el comercio exterior de Venecia, se evaporan gracias al ingenio del autor, quien con magistral golpe escénico, el tribunal de justicia veneciano resurge por la intervención decidida de Porcia, la mujer amada, en beneficio de la aristocracia republicana.

En efecto, el final de El mercader de Venecia ha de ser considerado y justipreciado tal y como está escrito. Es el triunfo que su autor declara ahí: el de la aristocracia sobre la oligarquía, la monarquía sobre el gobierno parlamentario. Un triunfo que si algo tiene de característico es la ambigüedad. Es la victoria de los tories realistas, monarcómanos, sobre los whigs, un partido que encarna al judío Shylock: un partido usurero, especulativo que impondrá la hegemonía del dinero como medio de ganancia, hecho de nuevos terratenientes, pero sobre todo de comerciantes y financieros de la City, capaz de matar, ya no solo a su propia madre, sino como Shylock, a la autoridad y poder paternos, por su inextricable amor a la riqueza.

Shakespeare prefigura, antes y mejor que cualquier historiador o político, el ambivalente triunfo de la vieja nobleza sobre los valores, que la burguesía financiera y mercantil inglesa imprimirá al hombre liberal.

Así como en el Gorgias, Platón destaca el triunfo de la filosofía moral sobre la retórica, en El mercader de Venecia, Shakespeare da la victoria de la virtud de la liberalidad, contra el vicio oligárquico del liberalismo, el de la corrupción del lucro: Calicles se impone a Sócrates y Antonio derrota a Shylock

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